lunes, 4 de marzo de 2013

BY ANY MEANS

Los jueves eran especialmente tediosos para Biel. Su padre le pagaba una tutoría de matemáticas en casa de una licenciada universitaria que vivía al otro lado de la ciudad y que le impedía participar en la partida de Age of War que su amigo Christian organizaba semanalmente. Las notas del último trimestre confirmaron que el gasto era inútil, pero Biel quería tanto a su padre que era incapaz de llevarle la contraria en ninguna de las sugerencias que le proponía. Salió de la estación de metro con ganas de nicotina. Como había llegado demasiado pronto para el inicio de la clase, entró en un estanco y se puso a la cola. Mientras esperaba el turno, se distrajo con los transeúntes que aprovechaban la tarde para hacer compras en la calle. Una mujer que cruzaba la calzada con temeridad y con prisa llamó su atención. La siguió con la mirada. Vestía un tejano ajustado y una cazadora negra, a juego con las botas. La señora se paró frente a un edificio de oficinas, giró la cabeza en ambas direcciones y pulsó el timbre. En uno de los gestos, Biel reconoció el rostro de esa desconocida. Era su madre. La primera reacción que tuvo al identificarla fue de extrañeza. Ni el lugar ni la hora ni el vestuario encajaban en sus hábitos. Se olvidó del tabaco y salió del establecimiento dispuesto a saludarla. Empezó a sentirse incómodo. La densidad del tráfico le obligó a detenerse un momento antes de poder atravesar la avenida. Agitó los brazos para llamar su atención, pero como ella se había dado la espalda para recomponerse la melena frente al cristal de la puerta decidió gritar su nombre. Cuando iba a levantar la voz, vio a un hombre bastante alto que salía del portal y la rodeaba con sus brazos. Biel se quedó helado. Petrificado. Tras el abrazo, empezaron a besarse con pasión y con descaro. Ahora sintió asco. Era tanto el dolor, tanta la sorpresa que apartó la mirada de aquella escena. Parecía que su inconsciente evitaba presenciar aquella realidad. Buscó apoyo en un árbol antes de alzar la vista. Lo que vio acabó por confirmar la infidelidad: su madre paseaba de la mano de un extraño en dirección a alguna habitación cómplice.

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