miércoles, 1 de agosto de 2012

PIENSO, LUEGO LLORO

Hace un buen rato que hago cola en la ventanilla de un organismo público. Una chica delgada y pálida se acerca con timidez y me pregunta el número de turno. 'El mío es más bajo -me dice con voz quebrada-, si quieres te lo cambio'. Finalmente, dada la rapidez con que se gestionan los trámites, no concretamos el trueque de la tanda. Ya en la calle, me vuelvo a cruzar con la gentil muchacha y la interpelo para agradecerle el gesto. 'Es que tengo una hermana que también va en silla de ruedas -me confiesa-, y creo que las personas con discapacidad deberíais tener prioridad'. Intercambiamos los cómos, los cuándos y los porqués de los respectivos accidentes. A ella le cuesta más concretar los hechos. Se encalla. Se calla. Y rompe a llorar. 'No hemos sabido ayudarla' -se lamenta entre sollozos.

La hermana llevaba diez años con una depresión y hacía dos que intentó suicidarse conduciendo el coche de forma temeraria. El intento dejó a la mujer con una paraplejia y una incapacidad emocional para sustentar su supervivencia. 'Ahora está en manos de los médicos' -me dice con un atisbo de esperanza.

Un vacío en el estómago me engulle durante el trayecto de vuelta a casa. Pienso en la hermana discapacitada. Pienso en la familia y en el sentimiento de culpa que les ha generado el devenir de los hechos. Pienso en sus comidas de lo domingos, en sus navidades. Pienso en las personas que en algún momento de su vida han intentado sacarse de en medio.

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