martes, 28 de agosto de 2012

EL DILEMA ESTÁ SERVIDO


El padre prepara el carbón para encender la barbacoa. La madre comparte el aperitivo con los invitados en la mesa del porche. De repente, veo al hijo pequeño acercarse peligrosamente al borde de la piscina y alerto a la anfitriona. La mujer, no sólo no se inmuta, sino que nos pide amablemente que continuemos con la conversación. A pesar de la recomendación, no puedo dejar de sacarle el ojo al niño que sigue tentando a su destino con una serie de imprudencias que sacarían de quicio a más de uno. Cuando, por fin, se oye el chapuzón, la madre se levanta con la presteza de una liebre y corre a pescar a su hijo. A los diez minutos, la mujer se reincorpora a la mesa con el pequeño envuelto en un reguero de lágrimas y pide que le sirvan otro martini blanco con mucho hielo.

Cuando vemos a un hijo, un familiar o un buen amigo que va a tomar una decisión que creemos que va a tener consecuencias negativas para su vida, ¿qué hacer? ¿Alzar la voz y prevenirle de la fatalidad que está a punto de cometer? ¿Esperar que nos pida consejo? ¿Callar, como hizo la mamá, y esperar el veredicto del destino?

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