viernes, 1 de junio de 2012

ME SIENTO


Ir en silla de ruedas por Barcelona (*) tiene grandes inconvenientes (o, mejor dicho, retos) y la mayoría de ellos están relacionados con la movilidad. Rampas de pendiente vertiginosa, coches aparcados en mitad de pasos de peatones, estaciones de metro sin ascensor, pavimentos con la superficie rugosa. Muchos padres que pasean a sus bebés en carrito saben de lo que hablo. A pesar de toda esta retahíla de barreras que hay que superar diariamente, con los años empiezo a sentirme un privilegiado de llevar el asiento pegado al culo. La razón es que la silla me habilita para detenerme en cualquier parte y hacer lo que me apetezca hacer en ese momento: observar a la gente, meditar, descansar. Siempre que la meteorología y mi agenda lo permitan, tengo la posibilidad de echar el freno dónde y cuándo me plazca.

Parar. Detenerse. Observar. Observarse. La calle de una gran ciudad no invita a hacerlo dada la escasez de bancos públicos. Quienes quieren recogerse tienen que buscar un local, una casa, un jardín privado, y para ello, generalmente, tienen que planificar y coordinar una serie de acciones. Quizás ese día que se habían reservado surge un imprevisto. Quizás se ven obligados a cumplir con su compromiso aunque no tengan el cuerpo para silencios. La silla de ruedas, siempre que haya tiempo e intención para que ello ocurra, favorece y facilita el vivir en el aquí y el ahora. Ahora me apetece curiosear entre los paseantes. Aquí puedo disfrutar de una sombra refrescante. La respuesta al deseo es, puede ser, inmediata. Y eso, más que una barrera, es un privilegio.




(*) Y que conste que le da mil vueltas a cualquiera de las ciudades españolas que he visitado (me queda Ávila, entre tantas, que dicen que es el paraíso para las personas con movilidad reducida)

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