jueves, 14 de junio de 2012

EXPIACIÓN


Almudena me dice que su caso no es único. Que conoce a una compañera de profesión que también vende su cuerpo para mortificarse en vida. Se hace llamar Icíar y dice que es la puta más bella que conoce. Alta, agitanada, exuberante, exótica. 'A pesar de ser la más cara del burdel, nunca le faltan clientes'- reconoce Almudena.

La tragedia de Icíar también empieza con una historia de amor gentil, recíproco y sano que, al contrario de lo que le sucedió a Almudena, se iba endulzando con el paso del tiempo. El idilio se truncó en seco una noche de pasión en la que Icíar experimentó con su marido un acto de sumisión sexual que se les escapó de las manos. Tras la catástrofe, Icíar deambuló durante muchos años de botella en botella para ahogar su culpa. Sin embargo, las únicas que sucumbieron a tamaña sobredosis de licor fueron su belleza y su dignidad. La primera vez que se acostó con un desconocido vio un rayo de luz, no tanto por el dinero que recibió, sino por el hecho de haber encontrado una manera más macabra y masoquista de ejecutar la penitencia que se había auto impuesto para el resto de su vida. Hartarse de alcohol era un castigo demasiado fácil, demasiado vulgar. La prostitución le daba la posibilidad de sentirse sucia, maltratada y de acercarse como víctima a un acto pasado en la que ella ejerció de verdugo. Hoy, Icíar ha dejado el alcohol y se sube cada noche a un tacón para lucir el brillo de su carrocería y, así, poder acceder a los clientes más soeces que saben humillarla como ella necesita.

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