jueves, 14 de junio de 2012

BUENOS DÍAS, EMPRESA

Hace años colaboré en una escuela de negocios como asistente de un curso de desarrollo de liderazgo que se incluía en el currículo de la mayoría de programas ejecutivos. En el curso se hablaba de inteligencia emocional y se ofrecía a cada participante una sesión de coaching con el fin de ayudarle en el desarrollo de sus habilidades como directivo. La palabra emoción formaba parte intrínseca de los contenidos, pero, a mi modo de ver, se abordaba desde una perspectiva demasiado racional. Al participante, no sólo se le ofrecía la posibilidad de medir su capacidad emocional para ejercer una influencia positiva en los demás, sino que se le acompañaba en el diseño de su plan de acción para aprender a desarrollar las competencias necesarias para ello. 

Valoro positivamente este esfuerzo por introducir un tema tan 'blando' como la emoción en un mundo tan 'duro' como la gestión empresarial, pero el camino elegido se me queda corto. Es comprensible que las universidades sólo acepten en sus programas aquellos modelos que estén contrastados científicamente (como era el caso), pero, lo siento, intentar medir la capacidad empática de una persona me resulta, por decirlo amablemente, tan ambicioso como intentar medir su capacidad de amar. 

La empresa de elevar la conciencia de una empresa no es tan difícil. Basta aprender los mecanismos que se necesitan para salirse del 'mainstream', de la zona de confort; mecanismos que, por otra parte, se enseñan a bombo y platillo en las mismas aulas universitarias cuando se habla de innovación y creatividad. No hay que ir muy lejos para demostrar que las empresas también pueden despertar a la concencia. Joan Melé y su banco ético nos demuestran desde hace años que dinero y conciencia no son conceptos tan antagónicos como parece.

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