miércoles, 30 de mayo de 2012

¡POR FIN! (2)


La Terapia de la Presencia Incondicional (TPI) que propone John Welwood difiere de la terapia convencional en que aquella no está orientada a la solución del problema sino a la recuperación de la presencia del ser. Algo que a mí me gusta llamarlo Amor. El supuesto sobre el que se sustenta la eficacia de la TPI yace en la creencia de que el ser humano es, en su esencia, Amor y cuando uno se conecta con ese Amor incondicional sólo obtiene recompensas positivas en forma de señales que indican el camino a seguir.

Opino que el coaching y, en general, la mayoría de terapias tradicionales consideran que hay un 'yo aprendiz' (caso del coaching) o un 'yo problemático' (caso de las terapias psicológicas tradicionales) que necesita aprender o cambiar algo. Desde esta perspectiva, el coach o el terapeuta se convierte en un observador externo cuya misión es gatillar el aprendizaje o el cambio que necesita el paciente o el cliente. Como conozco más el coaching, puedo asegurar que la mayoría de corrientes y escuelas enseñan al coach a centrar su atención en el coachee para adecuar toda su intervención (corporal, emocional y de lenguaje) en función de la interpretación que hacen de lo que ven, oyen y sienten de la persona que tienen enfrente. Como alternativa a este enfoque, Welwood propone:

"La transformación vertical alentada por la Presencia Incondicional promueve un cambio de contexto que acaba extirpando de raíz las condiciones mismas que permiten que surja el problema. En tal caso, la persona descubre que su actitud alienada, controladora o de rechazo del problema constituye, de hecho, una parte importante del mismo, con lo cual también puede descubrir nuevas formas de relacionarse con la situación problemática."

Quizás, es cierto, que la persona aprenderá o cambiará algún comportamiento o emoción durante el coaching o la terapia, pero lo que dice Welwwood y suscribo con todo mi convencimiento, es que ese no debería ser el referente o el objetivo prioritario del profesional. La propuesta es que el coach y el terapeuta acudan a la sesión instalados en el Amor (en la Presencia) Incondicional y que sea ésa, y no el coachee o el paciente, su prioridad. Si es cierta esta teoría, será el Amor y no el profesional el que guíe cada evento, emoción o pensamiento que surja durante la duración del proceso, entendido éste como el tiempo que transcurre durante y, sobre todo, antes y después de las sesiones presenciales. Si es cierta esta teoría, también, será el Amor y no el profesional el que atraiga al coachee o al paciente a conectar con su conciencia amorosa para, desde, ahí permanecer completamente presente en el pensamiento, en la emoción o en la inquietud y sentir cómo toda la situación problemática (el 'Ello', que dice Welwood) se relaja, se vuelve transparente al fundamento mismo de la conciencia y, finalmente, se libera.

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