sábado, 5 de mayo de 2012

ENSEÑAS DE IDENTIDAD


A la hora de hablar sobre la toma de conciencia hay un aspecto dramático o, si se quiere, desalentador que, en mi opinión, tiene que ver con la poca efectividad, sino inutilidad, de todas las recomendaciones relativas al tema. Hay miles de libros, vídeos, conferencias y demás informaciones que explican qué y cómo hay que hacer para ser más conscientes de nuestra genuinidad y para vivir una vida más auténtica y conectada con nuestra esencia. Cuantas más personas conozco, cuántos más ejemplos leo, más me convenzo de lo aleatorias, simples e incompletas que son esas explicaciones.

Tomar conciencia es, en esencia, un acto personal, emocional y, si se me permite, espiritual. Tomar conciencia es, básicamente, una experiencia. Y, las experiencias, por más que nos empeñemos en quererlas transmitir sólo se pueden sentir. Gozar de un orgasmo o ser padre genera en cada uno de nosotros una avalancha de sensaciones que nunca podrán descifrarse a través de una ristra de palabras. ¿A qué sabe el chocolate negro? ¿Qué sentimos cuando muere nuestra pareja? ¿Y cuando escuchamos Tristán e Isolda?

Ayer cené con un amigo que intentaba explicarme todo el derroche de revelaciones que le estaba produciendo su proceso de toma de conciencia. Dejar de condescender, descubrir la pasión, hablar desde la sinceridad, vivir desde el aquí y el ahora, ... Sus palabras trataban en vano de expresar unas vivencias tan poderosas como genuinas. Lo que él no sabía era que a través de sus ojos pude sentir con todo lujo de detalle cada una de sus emociones.

2 comentarios:

Isabel dijo...

Sencillamente geníal!

Isabel R. Estrada

Francesc Granja dijo...

Isabel, tú sí que eres genial.