lunes, 12 de marzo de 2012

UN PAR DE HUEVOS


A los tres meses de casi matarme había perdido treinta y cinco kilos. Estaba tan inválido que era incapaz de levantar el brazo y rascarme la nariz. Mi vida pendía de un hilo, literalmente. Era un hilo salvador que colgaba de un timbre y me permitía llamar a los enfermeros para que me ayudaran a expulsar los esputos que se acumulaban en mi laringe y que, de vez en cuando, me impedían respirar. Por esa época los médicos seguían alimentándome con dieta líquida y me atiborraban de pastillas para no enterarme de la bulla en el que andaba metido. Mis padres visitaban a diario mi debacle y trataban por todos los medios de levantar un ánimo que parecía sentenciado a muerte.

Hubo un hecho por esas fechas que me resulta especialmente nostálgico recordar. Fue la primera comida sólida que tomé después de recibir la preceptiva autorización facultativa. Excitado por la noticia, le pedí a mi madre que me hiciera un bocadillo de pan con tomate y tortilla de patatas. Tres horas antes de la hora, ya estaba salivando, como lo estoy haciendo ahora mientras escribo esta entrada. Cuando me puso aquel manjar en la boca, recuerdo, cerré los ojos para darle el primer mordisco. Aún estaba caliente. El huevo, de granja, coloreaba de amarillo canario el bocado. La patata estaba esponjosa, amable. Aquello sabía a campo, a excursiones juveniles, a chiringuito de playa, a fiambrera. Mastiqué cada porción de tortilla con la misma parsimonia con que un chef saborea su última creación, regodeándome con las sensaciones que iban apareciendo durante la ingesta. 

Al terminar el plato, miré a mi madre para agradecerle el alimento que me acababa de proporcionar. Al mirarle a la cara, en lugar de hablar, no tuve más remedio que dar rienda suelta a mi llanto: era la primera vez que la veía llorar desde que supo que no me volvería a ver de pie nunca más.

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