lunes, 5 de marzo de 2012

TRÁGICO TRÁFICO


Con diez añitos mi cuerpo acumulaba una buena tunda de quimioterapia. Mi mente, sin embargo, solo quería ver la tele, hacer travesuras, ser niña. Como me habían prohibido la calle, la única compañía foránea que tenía era la de Paula, la voluntaria. Una hora a la semana. ¡Una hora a la semana! Cuando llegaba, desaparecían los dolores y las quejas en un abracadabra y me dedicaba a exprimir cada minuto con mi única amiga. Más que hablar, nos pasábamos el rato jugando a las cartas y leyendo revistas. Me gustaba su pelo. Tan lacio y tan largo. También me gustaban sus bolsos, no tanto por el diseño sino, y sobre todo, porque eran gigantes. 'Un día me esconderé en uno de ellos y me escaparé de esta casa' -le decía a menudo. 

Salgo corriendo del despacho para no llegar tarde al gimnasio. El tráfico está horrible por culpa de la lluvia. En uno de los semáforos, me recojo la melena para adelantar la faena. Al rato, vuelta a parar. Aprovecho para llamar a mi hermana que anda un poco triste, pero un mensaje en la pantalla del móvil me hace cambiar de destinatario. 'Paula -me dice la coordinadora-, tengo una mala noticia'. Cuando cuelgo el teléfono, me hundo en el asiento y me llevo las manos a la cara para esconderme del mundo. Aparco el coche en la esquina y empiezo a llorar con ganas. Con rabia. ¿Por qué a ella? ¿Tanto mal ha hecho en tan poco tiempo? Las nubes empiezan a descargar con ganas su contenido, como solidarizándose con mi causa. ¡Cuánta injusticia! Llego a casa enojada, enajenada. Me tiro a la cama en busca de un sueño balsámico que esa noche nunca llegará. Tengo pupa en el alma. Empiezo a pensar en ella, en su fortaleza, en su inocencia. En la delicadeza con que me pedía acariciar el pelo que la quimio le había arrebatado a traición. Mañana iba a volver a verla. Lo mejor de mi semana. Reviento a llorar. Pero esta vez no es por ella. Es por mí. Por lo que he perdido con su marcha. Por todo lo que tenía que agradecer a esa niña y nunca tendré la posibilidad de hacer.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Tengo un amigo muy joven que tiene una de esas enfermedades raras. (Enfermedad de Wilson), vive prisionero en un cuerpo que le pone muy dificil comunicarse. Ha perdido el habla, el control motriz y está sentado en silla de ruedas. Somos buenos amigos y hemos establecido algunos códigos de comunicación, sobretodo afectiva. Él entiende TODO lo que le digo y sinembargo yo solo entiendo fragmentos de lo que él se esfuerza constantemente en decirme.
A menudo le pido disculpas por mi torpeza y le digo.... mira, aqui y ahora quien tiene un problema soy yo, le agarro la mano y él sonrie.
Es un crack !. No se quién recibe más de quién... en solo un par de horas a la semana

Francesc Granja dijo...

Anónimo, gracias por compartir tu experiencia.