miércoles, 7 de marzo de 2012

LA PRIMERA CITA


Cuando empecé mis pinitos como conferenciante y facilitador tuve una experiencia singular que quiero compartir. Al acabar una charla que di en un centro social para personas de la tercera edad de una ciudad del cinturón de Barcelona, una de las asistentes, que no me sacó los ojos de encima durante toda la intervención, se acercó a mi vera y me pidió con el más exquisito de los modales si podía darle la mano. Acepté su petición con cierto reparo. La señora, con la mirada vidriosa y el semblante abatido, colocó mi mano entre las suyas con la misma ternura y alegría que un veterinario acoge el cachorro recién salido del útero materno para mostrárselo a la madre y, así, permitir que ambos se husmeen por primera vez. La mujer cerró los ojos, hizo un par de respiraciones profundas y empezó a balancearse ligeramente sin dejar de acariciar el dorso de mi mano con la yema de sus dedos. Así estuvo varios minutos, en silencio y ajena al bullicio que se propagaba desde la trastienda de la sala. Cuando ella lo creyó oportuno, abrió los ojos y, antes de darme las gracias y levantarse para encarar la salida del centro, acercó mi mano a sus labios y le dio un beso amplio. 

De lo inesperado, contundente y sentido de la acción, no pude más que callar y atestiguar la emoción de la señora. Me quedé impresionado. Fue ella quien me eligió para lo que quisiera que pretendía sentir a través mío. Y, por su corporalidad, era evidente que allí estaba pasando algo. Yo me limité a estar presente.

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