lunes, 27 de febrero de 2012

TODAY IS THE DAY


Llevamos varios desayunos alargando la sobremesa, como en los amistosos ágapes dominicales. Los primeros rayos primaverales calientan la terraza que ha visto nacer nuestras ganas de conversar. La temperatura ayuda a disipar la vergüenza que se interpone entre dos extraños que intuyen que han encontrado la media naranja para compartir esas experiencias vitales que, desafortunadamente, ocurren en la infancia con la misma asiduidad como se esconden en la madurez. Lo veo respirar fuerte, como cogiendo carrerilla. Hoy no quiere hablar de sus hijas o de la cuerda que tensa su matrimonio o de las trabas que tiene que sortear para demostrar su capacidad laboral. No. Hoy quiere hablar de él. Necesita hablar de él. Y aprovecha un comentario banal para tirar del hilo y desenredar su madeja emocional.

Clava la mirada en los zapatos, estruja la rabia entre los puños y me confiesa las palizas con el cinturón, los insultos, los gritos, los castigos injustos e interminables. Vomita las palabras con rabia, sin dejar de mirar al suelo. Su cuerpo se encoge como un adolescente arrepentido de su primera fechoría. 'Es la primera vez que hablo de esto' -dice entre sollozos. No hacía falta que me lo dijeras, pensé. Se entretiene en detalles macabros De repente, agotado, aprieta un poco más los puños, y abandona el relato ahogado en un pozo de lágrimas. Levanta el rostro húmedo y lo dirige al sol. En medio de un silencio sagrado me hace la peor de las preguntas. '¿Por qué? -suplica mirándome a los ojos- ¿por qué?'.

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