martes, 24 de enero de 2012

LA MUJER DE HIELO


Hace más de quince años que observo cómo repite los paseos con su perro a lo largo de la jornada. Cada mañana, tarde y noche, la veo cruzar la plaza en dirección al parque. Sostiene el cuerpo con rigidez y lo mueve sin estridencias, con mucho sigilo. Su vestuario es muy oscuro y poco proclive a la sorpresa. Ni un hombro desnudo, ni una rodilla al aire y, por supuesto, ninguna insinuación pectoral. Es la mujer sin curvas. La mujer sin piel. La mirada, llueva o brille el sol, siempre agazapada tras unos enormes cristales tintados. Y pocas palabras con el vecindario. Algunas veces la veo pasear junto a un hombre que, por su fisonomía, parece miembro de su familia. A lo largo del tiempo, mi imaginación la ha ubicado en escenarios dispares que se movían entre la sordidez y la más aburrida de las monotonías. Más que un misterio, sus silenciosas apariciones son una fuente de inspiración.

Es nochevieja. Faltan pocos minutos para inaugurar el año nuevo. La mesa del comedor está rodeada de buenos amigos que se han acercado para congratularse por mi salud restaurada. La alegría circula sin límite de velocidad por toda la estancia. Tomo un sorbo de cava. Mi cuerpo ríe sin parar. De repente, una presencia exterior me invita a mirar por la ventana. Es ella. Negra como la noche. Sola como la luna. Va más abrigada que de costumbre e, incomprensiblemente, cubre el rostro con sus inseparables gafas de sol. Mientras espera a que su perro se descargue, levanta la cabeza en dirección a mi ventana y sostiene la mirada sin disimulo, como nunca antes había osado. En el primer momento, su repentina desfachatez me da un poco de miedo. Después, por contraste entre su realidad y la mía, tengo la tentación de invitarla a subir. Afortunadamente, es demasiado tarde: los cuartos han empezado a sonar.

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