martes, 8 de noviembre de 2011

EL BOSQUE SILENCIOSO


Hace un par de días que, por diferentes motivos, me estoy acordando de una clienta que tuve durante mi etapa de coach ejecutivo. La mujer, de mediana edad, casada y con dos hijos, era la directora de un departamento formado por una decena de personas. Su jefa la había convencido para iniciar un proceso de coaching con el fin de desarrollar sus habilidades interpersonales y de comunicación, tanto con los miembros de su equipo como con el resto de colegas del comité de dirección.

Cuando intercambié las primeras palabras con, digamos, Mercè, me di cuenta que estaba ante la personificación de la timidez y que tenía ante mí un reto de proporciones colosales. Además de su estado civil, lo único que pude averiguar de ella era que había nacido en un caserío, en medio de la nada, y que había compaginado los estudios universitarios con las tareas cotidianas que requiere una granja de animales. Nada más. Por más que lo intenté, fui incapaz de romper la barrera del recato y entrar por alguna rendija en el interior de sus miedos, sus inseguridades o su desconfianza por lo desconocido. Construía frases muy cortas y, durante los silencios interminables que dominaban cada sesión, su rostro se tintaba de un rojo violáceo de matiz preocupante. Pocas veces había visto sufrir tanto a una persona en una conversación, por lo que, tras tres sesiones, no me quedó más remedio que proponerle poner fin a los malos tragos y al proceso.

Mercè encarna un rasgo que, en mi opinión, domina gran parte de nuestras relaciones interpersonales: la superficialidad, la cerrazón. Me cuesta encontrar personas que, en el primer envite, o incluso en envites ulteriores, abran el cerrojo de sus sentimientos y los muestren sin encogimientos a sus interlocutores. Hay tanta desconfianza que, incluso cuando el de enfrente ha hecho un esfuerzo por mostrarnos un aperitivo de su lado genuino, nos lo pensamos tres veces antes de sacar alguna gota de nuestra esencia.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Gracias por una nueva historia interesante Francesc y por tus comentarios a la misa. Me hacen reflexionar.

Anónimo dijo...

¿Eligió ella estar ahí?, es que me resulta sorprendente. Pocas personas he conocido que sepan como tu, crear el contexto adecuado de confidencialidad y confianza, pero obviamente el fluir del conversar entre dos personas no sucede si una no quiere, o no puede o no sabe. Me pregunto como debe ser su vida, no me refiero en en el ámbito laboral, sino en el familiar, y en todo su entorno. ¿estará contenta de ser quén es y como es?

Francesc Granja dijo...

Anónimo, es evidentemente que la mujer vino por decisión propia. Lo que ocurre con el coaching de empresa es que suele ser 'recomendado' por el jefe y el colaborador (y mucho m ás en este caso) se siente 'obligado' a hacer el esfuerzo de hacer coaching. Sobre la felicidad de la mujer en su entorno personal, no tengo datos. El mutismo era absoluto, fuera cual fuera el ámbito de conversación. Lo que sí puedo cerciorar a raíz de lo que observé es de su dificultad/incapacidad para comunicarse con una persona desconocida.

Anónimo dijo...

Esta bien.... aunque visto desde fuera.... perdió una oportunidad,... pero ella elige.Elegimos constantemente. Respeto , para mi, tiene mucho que ver con la elección que los demàs estan haciendo en su dia a dia.

Isabel R. Estrada dijo...

Una frase célebre... "En una hora de juego se puede descubrir más acerca de una persona que en una año de conversación".
El perfil de esta persona muestra serios bloqueos. A nivel de conversación, es difícil acceder al interior de una persona si esta no da señales concretas sobre lo que necesita. Ella intenta sulucionar su problema, pero su mente consciente no deja que los archivos de su mente inconsciente abra sus puertas. En el momento que siente su "conflicto" invadido surge el bloqueo.

Isabel R. Estrada