domingo, 10 de abril de 2011

PSSSSSSST



Hay veces que no es en la conversación donde ocurren los cambios personales. Es más, tengo la teoría (y van …) que es en el silencio donde una persona hace los clicks que, a la larga, serán más trascendentales para poner en marcha su bienestar. Creo que, salvo en entornos de reflexión íntima vis-à-vis con un conversador, estamos acostumbrados a hablar desde un lugar muy confortable y emocionalmente seguro. En esos foros, nuestro discurso fluye repetitiva y mecánicamente, escoltado por la autocomplacencia, el desconocimiento o el temor a agrietar nuestros anclajes vitales.

Me vienen a la memoria decenas de situaciones en las que un conversador, a raíz de un comentario o una pregunta o, ¿por qué no?, un libro o una película, se queda sin habla, conectado con el descubrimiento que acaba de realizar. En esos momentos, sobran las palabras. Basta con mirar la cara de la persona, para darse cuenta de la magnitud que esa silenciosa revelación tendrá para su vida. Los artistas, los creadores, los investigadores o, en fin, quienquiera que esté en contacto con el mundo de las ideas ha experimentado alguna vez la gloriosa sensación que supone parir algo de la nada, como si de un minúsculo Big Bang se tratara. Con los cambios personales, desde mi punto de vista, pasa lo mismo. Brotan del sigilo. Simplemente ocurren.

Callar es, a mi entender, una parte sustancial del conversar. En el silencio, uno dialoga consigo mismo. Los psicólogos dicen que nuestro ‘yo debería’ negocia entre bambalinas con nuestro ‘yo soy lo que soy’ y pacta el guión que regirá la función del día siguiente. Sea como sea, si de lo que se trata es de conectar con nuestro lado genuino para tomar el impulso que necesitamos para propulsarnos y rescatarnos del desencanto vital que nos aplaca, ¿qué mejor lugar que la calma de nuestro retiro interior para explorar las alternativas que tenemos a nuestra disposición?

¿A qué quiero dedicar mi vida? ¿Quiero compartir más tiempo en estas condiciones con esta persona? ¿Salgo del armario? ¿Cómo quiero educar a mis hijos? ¿Me gusta este trabajo? Una persona puede escribir decenas de páginas para argumentar las respuestas en uno u otro sentido, pero llegará un día, sin saber cómo ni por qué, que se despertará escoltado por el silencio de la noche con el voto decidido.

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